Reflexión Sobre los Hechos más Relevantes del Primer Cuarto del Siglo XXI
CIUDAD DE MÉXICO. Cuando repicaron las campanas y nos iluminamos con los fuegos artificiales, a la medianoche del 31 de diciembre de 2025, se cumplió el primer cuarto del siglo XXI. Probablemente, para la mayoría de la población no fue una cuenta relevante, pero es un número trascendental. Esta entrada al segundo cuarto llegará de manera silenciosa, como lo fue el cambio de siglo y la llegada del tercer milenio. En el año 2000, conforme la Tierra rotaba, se generó una fiesta global de recibimiento; sin embargo, muy pocos celebraron la entrada del 2001, que es la fecha del verdadero cambio.
En esta ocasión te invito a reflexionar sobre lo acontecido en estos primeros 25 años del siglo XXI: a que reparemos en lo vivido, lo sufrido y lo gozado; en la experiencia global que, como nunca antes en la historia, compartimos de forma simultánea.
Cuando analizamos la historia, fijar fechas exactas para dividir capítulos es complicado. Los procesos no empiezan ni terminan en un día concreto, ni siempre coinciden con agrupaciones artificiales: años, décadas, siglos, etc. Existía el paradigma de que el siglo XX terminó entre 1989 y 1991, a raíz de tres acontecimientos históricos: la caída del Muro de Berlín, la Guerra del Golfo y la implosión de la Unión Soviética. Por ende, "históricamente hablando", el siglo XXI habría comenzado en los años noventa.
Estos tres sucesos, sumados a la publicación del ensayo "¿El fin de la Historia?", generaron un pensamiento optimista: el proceso histórico avanzaría hacia la unidad, la hermandad y la paz. El siglo XXI sería el triunfo del sistema liberal-democrático y de la globalización económica y cultural. A la distancia vemos que no fue así del todo. Los noventa, conocidos como "la década estadounidense", representan más bien el epílogo del siglo XX: el cierre de la Guerra Fría con una sola superpotencia y el preludio del siglo XXI, que esta vez sí coincide con el cambio de siglo.
El paradigma dominante decía que Occidente continuaría expandiéndose por el planeta, guiado por los Estados Unidos, que actuaban —de una u otra forma— como "policía mundial". Aunque la rivalidad de la Guerra Fría había disminuido, el país mantenía un enorme presupuesto militar y tecnológico. En ese contexto resurgió el aislacionismo, similar al de principios del siglo XX: la idea de que, al ser poderosos, debían concentrarse en sí mismos. Pero ¿acaso Inglaterra se encerró en sí misma en el siglo XIX? No: continuó expandiéndose.
La democracia habló —por un puñado de votos— y llegó la administración de George W. Bush. Su premonición era que la supremacía estadounidense sería absoluta; crecerían los "intocables" e "inmunes" Estados Unidos.
Mientras tanto, los ojos del mundo estaban puestos en el espacio, vigilando las trayectorias balísticas de misiles provenientes de países "rebeldes" de Medio Oriente o Asia-Pacífico. De pronto, un ciudadano con una cámara casera enfocó el cielo: un avión de American Airlines volaba demasiado bajo. Una de las torres del WTC en Nueva York se estremeció tras un impacto descomunal. Parecía un accidente. Dieciocho minutos después, millones de televidentes presenciamos en vivo cómo un segundo avión, ahora de United Airlines, se estrellaba contra la otra torre. La lógica no dejaba espacio a dudas: era un ataque terrorista.
Mientras el presidente Bush hablaba, un Boeing 757 se estrelló contra el Pentágono. El pánico aumentó. La Casa Blanca y el Capitolio fueron evacuados. En Nueva York, las torres ardían como dos gigantescas chimeneas. La policía cercó la zona mientras llegaban ambulancias, bomberos y paramédicos. Personas desesperadas se arrojaban al vacío desde los pisos más altos, intentando huir de las llamas.
El peso de los restos de los aviones y el calor generado por miles de litros de combustible derritieron las estructuras. La Torre Sur colapsó entre humo, cascotes y gritos. Oficinistas, peatones, reporteros, paramédicos y bomberos corrieron por la West Side Highway mientras la nube de polvo envolvía restaurantes, negocios y edificios.
El día se convirtió en noche: solo se oían los localizadores de los bomberos atrapados entre los escombros y las sirenas descompuestas de patrullas y unidades que habían quedado aplastadas. El espectáculo era dantesco.
Poco después, la Torre Norte también colapsó sobre quienes intentaban salvar vidas, sobre ambulancias, autos, estaciones de metro y puestos de comida. Todo transmitido en directo al mundo entero.
La Unión Europea, a través de su comisionado Chris Patten, afirmó:
"Este es uno de esos días en que uno puede decir que todo cambiará. La lucha contra el terrorismo dominará la agenda internacional hasta que sea ganada."
Efectivamente, el siglo XXI comenzó así: con un acontecimiento histórico que rompió el paradigma del Estado. Desde entonces no solo los países son actores internacionales: también asociaciones, empresas y grupos con capacidades globales gracias a las nuevas tecnologías.
Se desató la "Guerra contra el terrorismo", característica de la primera y parte de la segunda década del siglo. Era uno de los escenarios previstos en las Relaciones Internacionales: la oposición a Estados Unidos debía continuar de alguna forma. Como el Imperio romano, había de expandirse o declinar. La respuesta estadounidense fue principalmente militar, cuando quizá habría sido más eficaz intensificar la inteligencia, la contrainteligencia, los bloqueos financieros, la propaganda y la contrapropaganda.
Semanas después comenzaron los bombardeos en Afganistán para desmantelar a Al Qaeda. Dos años más tarde, con argumentos sobre "armas de destrucción masiva", Estados Unidos, Reino Unido y España iniciaron la Segunda Guerra del Golfo. Esto desencadenó un ciclo de violencia que alcanzó su punto más álgido el 11 de marzo de 2004, cuando diez bombas explotaron en trenes de Madrid, en el peor atentado de la historia española y europea. El impacto político fue tan grande que el electorado cambió de gobierno y con ello la estrategia militar del país.
En 2005, Londres vivió su propio atentado terrorista. Aunque menor en escala, alimentó el debate sobre la pertinencia de las acciones militares en el exterior. Reino Unido se retiró de Irak en 2010.
Estados Unidos continuó bajo el esquema tradicional: destruyó el régimen de Saddam Hussein, ejecutado en 2006; y en 2011 localizó y abatió a Osama bin Laden, una década después del 11-S. Sin embargo, la eliminación de líderes no detuvo la violencia. Las células se reorganizaron bajo otros nombres y liderazgos. Francia y Bélgica también sufrieron ataques.
Antes de terminar la primera década, en 2008, Estados Unidos enfrentó otro golpe, ahora interno: la crisis financiera derivada del colapso inmobiliario. La globalización económica, desregulada y especulativa, llevó al sistema a fallar. La recesión se propagó globalmente. Gobiernos tuvieron que rescatar bancos y empresas, generando descontento social.
Y hablando de contagios: en 2002-2004 surgió el SARS (Síndrome Respiratorio Agudo Severo), el primer aviso sanitario de la era global. Después, en 2009, México fue el punto de partida de la influenza A H1N1, que llevó al primer confinamiento de una megaciudad en el siglo. El mundo aprendió que las enfermedades viajan tan rápido como nosotros.
En este contexto, Estados Unidos eligió a su primer presidente afrodescendiente, Barack Obama, símbolo global de cambio. Su administración impulsó temas como libertad de prensa, tolerancia religiosa, derechos de minorías, igualdad de género, diversidad sexual, medio ambiente y fortalecimiento institucional.
A finales de 2010 surgió en Túnez la chispa de la Primavera Árabe, detonada por la inmolación del comerciante Mohamed Bouazizi. En semanas, protestas estallaron en más de quince países. Hubo reformas, caídas de gobiernos y también guerras, como la de Libia y la de Siria. De la descomposición iraquí surgió el Estado Islámico (ISIS / Daesh), que convirtió la región en un conflicto globalizado donde intervinieron Estados Unidos, Rusia, China, Irán, Turquía, Israel y actores no estatales.
El avance tecnológico, especialmente el smartphone (iPhone, 2007) y las redes sociales, permitió una comunicación masiva sin precedentes. Su rol en las protestas fue decisivo: los gobiernos ya no podían controlar la información.
Mientras tanto, la economía digital transformó el planeta. Google, Amazon, Apple, Microsoft y otras empresas adquirieron poder económico y político. En 2006, la revista TIME nombró Persona del Año a YOU, subrayando que cada individuo podía ahora crear y difundir contenido globalmente.
Europa avanzó en su integración: en 2002 nació el euro, se unificaron políticas y se afianzó el proyecto supranacional. Pero también surgieron nuevos polos: China, Rusia, India, Turquía, Corea del Sur, México. El mundo dejó de ser unipolar.
Rusia, bajo Vladimir Putin, reconstruyó su poder estatal, militar y energético. Retomó influencia regional (Chechenia, Georgia, Crimea) y global. Su política combina ambiciones geoestratégicas con poder blando: desde Masha y el Oso hasta los Juegos Olímpicos de Sochi 2014.
China, tras adherirse a la OMC en 2001, se convirtió en la fábrica del mundo, luego en competidora tecnológica y finalmente en actor financiero global. Innovó, compró empresas extranjeras y dio forma a un nuevo orden económico. Hoy controla cerca del 90% del mercado de tierras raras y lidera industrias clave: baterías, paneles solares, trenes de alta velocidad, telecomunicaciones, pagos digitales.
Estados Unidos, con la llegada de Donald Trump en 2017, adoptó una agenda nacionalista: reindustrialización, ruptura de alianzas, guerras comerciales y desglobalización. En paralelo, el Reino Unido votó por el Brexit en 2016, marcando un giro histórico.
Pero nada cambió tanto la historia como la pandemia de COVID-19. Surgida en Wuhan en diciembre de 2019, se propagó globalmente en semanas. Confinamientos masivos, ciudades vacías, sistemas de salud colapsados, millones de muertos y secuelas que aún desconocemos. La vacuna llegó a finales de 2020, pero no devolvió el mundo a su estado anterior. Nació una nueva normalidad.
Tras la pandemia, Estados Unidos eligió a Joe Biden, pero el país se retiró de Afganistán en 2021, devolviendo el poder a los talibanes. Y en 2022, Rusia invadió Ucrania, cambiando nuevamente el orden mundial. La guerra continúa, con estancamiento y bloques enfrentados.
En 2023, Hamás perpetró el mayor ataque contra Israel, desatando la Guerra de Gaza, que se ha extendido regionalmente e involucrado a potencias como Irán.
Hacia mediados de los años veinte, China intensifica su influencia económica y militar; Rusia mantiene ambiciones territoriales; Estados Unidos vira entre internacionalismo y repliegue. El mundo avanza hacia un orden multipolar.
Las tensiones comerciales, los cambios demográficos, la crisis climática, la urbanización extrema, la salud mental y la desigualdad marcarán el resto del siglo.
El crecimiento económico global será limitado; se prevé que se estabilice hasta 2080.
Estamos terminando este primer cuarto de siglo con una globalización que se revierte, un auge de la regionalización, el resurgimiento del gasto militar, nuevas formas de migración, crisis de natalidad y transformaciones profundas en nuestras sociedades y tecnologías.
Queda abierta la reflexión personal y colectiva. Ojalá que el segundo cuarto del siglo XXI sea mucho mejor para todos.
Por:
Erasmo Zarazúa Juárez, académico del Departamento de Estudios Internacionales.