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La primera despedida

"A los seis años memoricé un poema que recité entre lágrimas en un festival del 10 de mayo..." Lee la nueva columna de Primavera Fraijo.

Sepultura, tumba
Sepultura, tumba Especial

por Primavera Fraijo

07/05/2026 10:54 / Uniradio Informa Sonora / Columnas / Actualizado al 07/05/2026

Por Primavera Fraijo

Recuerdo perfectamente el primer poema que conocí. Lo recité de memoria en la primaria, durante un festival del 10 de mayo. Tenía seis años.

Era, técnicamente, un monólogo. Uno bastante peculiar para una niña. Le hablaba al público sobre la importancia de valorar a sus madres... porque yo, según la narrativa, ya había perdido a la mía.

Sí. A los seis años interpreté el dolor de la orfandad frente a un auditorio lleno de madres con flores, cámaras desechables y permanentes recién hechas.

La pieza se llamaba "Si tienes una madre todavía", de Heinrich Neuman.

La composición cerraba recordando que la tumba de tu madre es un lugar sagrado. Un refugio al que puedes acudir cuando la vida pesa demasiado y necesitas llorar.

Ahora bien, ¿de quién fue la brillante idea de poner a una niña, casi preescolar, a memorizar un texto sobre la muerte materna, imaginar el duelo y luego soltarlo entre lágrimas frente a decenas de personas?

De mi mamá, por supuesto.

Mi madre era maestra. Especialista en concursos literarios. Amaba la poesía con una intensidad casi religiosa y, a veces, sospecho que esa pasión estaba ligeramente por encima de mi estabilidad emocional.

Me preparó durante meses. Ensayábamos una y otra vez. Pero el verdadero entrenamiento ocurría al final, en el remate. Me decía que imaginara, frente a mí, la tumba de ella misma.

Y funcionó. ¡Vaya si funcionó!

Mi interpretación fue tan convincente que me invitaron a repetirla varios años seguidos, hasta que me cambié de primaria.

Supongo que había cierto encanto perturbador en ver a una niña llorar mientras hablaba de la muerte, intercalada entre bailables del Ratón Vaquero y coreografías de Fey.

Así era mi María. Intensa. Con una locura incomprendida. Apasionada. Un poco caótica y absolutamente brillante. 

De esa manera la recuerdo y a veces me descubro mirándome en ella como quien encuentra un espejo.

Pienso mucho en aquel poema. En esa niña aprendiendo a llorar una pérdida que todavía no existía. Como si mi madre, sin saberlo, me hubiera estado ensayando para su ausencia.

No sé si culpar a aquella declamación, a la poesía o a esa extraña pedagogía emocional que manejaba mamá... pero han pasado casi seis años desde que murió y solo he podido visitar una vez su tumba.

Qué ironía.

Me enseñaron demasiado pronto que el sepulcro de una madre debía ser sagrado. Y quizá por eso todavía no me atrevo a volver.

Porque hay dolores que una aprende a recitar mucho antes de estar lista para vivirlos.

Les comparto la estrofa de Heinrich Neuman:

¡Es tan santa la tumba de una madre,

que no hay al corazón lugar más santo,

cuando espina cruel tu alma taladre,

ve a derramar, allí, tu triste llanto!

A mí me encuentras en redes sociales como: @PrimaveraFraijo

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