por Primavera Fraijo
21/05/2026 18:31 / Uniradio Informa Sonora / Columnas / Actualizado al 21/05/2026
Hay canciones que heredamos emocionalmente, que dejan de pertenecernos por completo porque alguien más terminó habitándolas antes.
Música que ya no podemos escuchar sin pensar en una persona específica... aunque esa persona ya no esté. Aunque ya no nos hable. Aunque ya no exista en nuestra vida más que como una cicatriz bien acomodada en la memoria.
No sé si yo sea particularmente musical, pero amo ponerle soundtrack a la película en la que invento que vivo. ¡Sí! En la versión cinematográfica de mi existencia, cada persona entra acompañada de una canción distinta.
Algunas son demasiado obvias. Canciones de amor para romances, de ruptura para las despedidas inevitables... Pero otras son rarísimas. Melodías que nadie entendería desde afuera porque funcionan como una especie de código secreto. Un chiste local. Una referencia diminuta que solo la otra persona y yo podríamos descifrar.
Hay composiciones que utilizo incluso cuando no quiero hablar con alguien, pero necesito decirle que le extraño. Entonces, por ejemplo, subo una historia con esa melodía específica, muy segura de que la verá y entenderá el mensaje. Como lanzar una botella al mar, pero con Spotify de intermediario. Ridículo. Adolescente, incluso. Pero funcional, eh.
También pasa con los amigos. Ese mensaje de "estoy escuchando nuestra rola" tiene algo tan cálido. A veces eso basta para salvar un día horrible.
Supongo que por eso me agradó tanto leer "Alta fidelidad", de Nick Hornby. Porque es un libro que entiende a la perfección la manera en que las canciones se convierten en archivos emocionales.
La novela sigue a Rob Fleming, un hombre obsesionado con la música y las listas, que intenta reconstruir su vida amorosa mientras clasifica discos y recuerda relaciones a través de canciones. Pero, además de mucha cultura pop y humor crudo, enmarcan la necesidad humana de aferrarse a los recuerdos para no aceptar del todo las pérdidas. Y, ¡uy!, como soy de esas.
Todos tenemos una canción que arruina emocionalmente nuestro día, alguna prohibida que evitamos porque sabemos exactamente dónde nos va a golpear. También hemos usado música para decir cosas que no sabemos pronunciar en voz alta.
Quizá porque las canciones tienen una ventaja enorme sobre nosotros, ¡ellas sí saben permanecer!
Qué cosa tan triste y tan hermosa esa capacidad que tiene el cerebro de almacenar afectos dentro de una melodía. ¿No lo creen?
A mí me encuentras en redes sociales como: @PrimaveraFraijo
