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Quemando a San Valentín

Una reflexión cruda sobre el amor, sus plazos invisibles y la lucidez que dejan las ruinas. Lee la nueva columna de Primavera Fraijo.
Desamor. Archivo
Primavera Fraijo 12-02-2026

Por Primavera Fraijo

Yo fui muy enamoradiza desde muy pequeña. Pero, con el paso de los años y de los daños, he notado cómo mi intensidad ha disminuido.

Hoy por hoy, siento que me falta ingenuidad, esperanza, tener más fe en las personas. A cambio, me sobra desconfianza y pedazos rotos dentro de mí.

No me cuesta admitirlo porque es el resultado de varias oportunidades fallidas en las que busqué ese ansiado "para siempre" en el que, actualmente, no creo.

Aquí viene la parte en la que se atacan. Existen muchísimos estudios sociológicos que respaldan la teoría de que el ser humano no es monógamo por naturaleza.

Claro que hay excepciones. Y también existen aquellas personas que no les comunican a sus parejas que han decidido compartir su "amor" con más individuos.

Pero bueno, cada quien platica como le va en la feria. Esa frase es la que siempre me dicen cuando empiezo a conspirar al respecto.

Y entonces respiro.

Porque conspirar cansa. Y enamorarse también.

Hace poco leí "El amor dura tres años", de Frédéric Beigbeder, y no pude evitar sentirme insultada y... agradecida. Insultada porque alguien se atrevía a ponerle plazo al enamoramiento. Agradecida porque, por fin, se decía en voz alta lo que muchos aprendimos con sangre: el amor no se muere de golpe, se desgasta. Se distrae. Se aburre. Se diversifica. 

Y uno se queda ahí, defendiendo ruinas, como si el apego fuera una causa noble y no una causa perdida.

Me costó, pero comprendí que amar no garantiza permanencia. Que la lealtad no es un reflejo automático. Que la fidelidad es una elección diaria... y que no todo el mundo quiere elegir lo mismo que tú.

No es que ahora no crea en el amor. Creo, pero con casco. Con chaleco antibalas. Con extintor. Con salidas de emergencia muy bien señalizadas. 

Ya no apuesto todo. Ya no me quedo donde tengo que hacerme más pequeña para caber.

Tal vez no soy menos intensa. Quizás soy más lúcida. Y eso... duele distinto.

No pasa nada si no encuentras un "para siempre". También existen los "mientras tanto" que salvan, las relaciones breves que enseñan y los finales que, aunque queman, ordenan. 

Y sí, hablar de todo esto, incomoda. Pero alguien lo tiene que decir. 

 

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