Columnas

Humor para sobrevivientes

Reírse del dolor también es una forma de resistir. Lee la nueva columna de Primavera Fraijo.
Humor negro. Archivo
Primavera Fraijo 15-04-2026

Por Primavera Fraijo

Uno de mis rasgos más notorios es mi humor negro. El mismo que provoca que caiga muy bien o que me quieran fuera de la sala en menos de cinco minutos. No hay medias tintas conmigo. Nunca las ha habido.

Hoy, mientras veía a unos amigos atacarse, precisamente por esa forma de ser en otra persona, mi reflejo automático fue defenderla. Dije que, tal vez, sus bromas pesadas eran una coraza. 

Lo curioso es que, sin quererlo, creo que me estaba defendiendo a mí misma.

Porque sí, las ocasiones que más activo mi escudo, es cuando más me está doliendo la conversación.

Mi hermana menor y yo, por ejemplo, usamos un humor tan oscuro cuando hablamos de mamá, que parecería que estamos ensayando para el infierno. Lo hacemos para dejar en claro, sin metáforas bonitas, que ella está muerta. 

Muerta. Así. Sin adornos.

Muchos se asustan. Algunos se molestan. Muy pocos se ríen. Pero todos, absolutamente todos, se incomodan. Y ahí está el punto.

El humor negro no busca hacer reír. Busca raspar y recordarte que hay cosas que no tienen arreglo, pero sí muchas formas de nombrarse. Es, en cierta forma, una manera de tomar el control de lo que nos rompió.

Porque si puedes hacer un chiste sobre lo que te destrozó, entonces, de algún modo torcido, no te destruyó del todo. O eso me gusta pensar.

Es humano, y peligrosamente honesto, reírse de la tragedia propia. Es como si el dolor, al pasar por el filtro de la ironía, se volviera manejable. 

El humor negro no es para todos. No debería serlo. Es un idioma que se aprende a golpes. Y no todos quieren, ni tendrían por qué, hablarlo.

Pero para quienes sí, para quienes encontramos en la risa un refugio raro, torcido, incluso inapropiado... hay libros que funcionan como aliados. Por ejemplo, La conjura de los necios, de John Kennedy Toole.

La obra entiende algo esencial. Que, a veces, la mejor forma de sobrevivir al mundo, es burlarse de él antes de que él se burle de ti.

Leer esta novela es como escuchar a alguien decir en voz alta lo que tú apenas te atreves a pensar. Y reírte, aunque no deberías. 

Especialmente porque no deberías.

No estoy diciendo que mi hermana y yo estemos bien. Tampoco mal. Es simplemente nuestra forma de lidiar con lo que no tiene solución.

Porque hay pérdidas que no se procesan. Se rodean. Se esquivan. Se nombran mal a propósito. 

Y, de vez en cuando... se convierten en chiste.

Uno incómodo, que nadie pidió. Pero también, uno que, muy en el fondo, te salva.

 

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